Se
pueden administrar por diferentes vías, es decir,
a través de inyecciones subcutáneas o
intravenosas, por vía oral, a través de
supositorios o enemas y por vía transdérmica,
mediante parches aplicados o adheridos a la piel. En
los casos de uso prolongado suele preferirse la vía
oral en forma de jarabes o de píldoras de acción
prolongada.
El
mecanismo de acción de los opiáceos
Cuando
el cuerpo se lesiona o alguno de los nervios es afectado
en forma intensa o permanente, el cerebro recibe desde
el sitio afectado una señal de dolor, que es
lo que el individuo percibe y sufre. Los opiáceos
bloquean la llegada de las señales dolorosas
al cerebro; es decir, aunque persista la causa del dolor,
el cerebro no recibe esa información.
Los
opiáceos son sin duda los analgésicos
más potentes para tratar el dolor. Sin embargo,
dado que no están exentos de efectos colaterales,
es decir, agregados al de su propia acción analgésica,
no se emplean rutinariamente en todo tipo de dolor.
Por el contrario, la Organización Mundial de
la Salud ha diseñado lo que se conoce como la
escalera analgésica, donde los distintos cuadros
de dolor se tratan asignando escalones, que comienzan
con drogas o agentes más leves, para progresar,
en caso necesario, hacia escalones superiores. Los opiáceos
estarían ubicados específicamente en el
escalón más alto, al que afortunadamente
son pocas las personas que necesitan recurrir.
En
una próxima nota le acercaremos comentarios acerca
de los efectos colaterales y aclaraciones respecto al
poder de adicción de esos agentes.